Pseudo cuarentena
Son las 00 hs del viernes 20 de marzo.
La ciudad, que noches anteriores vivía con ritmo propio, empieza
lentamente a apagarse, a aletargarse;
sensación que hasta el día de hoy está presente.
A
partir de ahora las cosas cambian. Empieza la cuarentena.
Fácil
hubiese sido poder quedarme en casa. ¿Fácil? ¿Tanto tiempo en
casa? No… Por suerte estoy en un rubro exceptuado del aislamiento y
puedo salir todos los días a trabajar. Puedo ser testigo de mi
ciudad que parece dormir a plena luz del día. Puedo ver en primera
persona lo que pocos pueden ver. Me siento libre. Vuelvo a casa, a
la ducha. Y mi tiempo, después de mucho tiempo, es mío. Sin pensar
en qué tengo que hacer o dónde tengo que ir. Puedo dormir, cocinar,
pintar, leer, mirar una serie; todo sin excusas.


Los
días pasan, los requisitos para poder transitar crecen, la
enfermedad crece. Salir a la calle para ir a trabajar sigue siendo
rutina pero esa “sombra” que se sentía a lo lejos, cada vez se
siente más cerca. Las precauciones que se toman sólo retrasan lo
inevitable. La sensación de que en cualquier momento “me toca”
es inevitable. Es algo que está ahí, pero no sabes cuando vas a
tener la mala suerte de cruzártelo.
Hoy
aunque el tiempo libre sobre, la suerte de salir a trabajar ya pasa a
ser una pesada obligación. Suerte tienen los que se pueden quedar en
sus casas, y ni hablar de a los que no le falta nada. Suerte tienen
los que no están todo el día sintiendo que algo está al asecho.
Los que llegan a casa y no tienen que actuar como si su ropa y propio
cuerpo tuvieran radioactividad.
En
casa ya... puedo empezar a relajarme, puedo estar tranquila. Cuesta
dejar de pensar, muchas veces cuesta dormir, pero por sobre todo,
cuesta saber que mañana cuando me levante, todo sigue igual.

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